Caminó despacio hasta las cristalinas aguas del sereno río. Levantó su báculo hasta sujetarlo por el extremo inferior dejando que su tope se elevara al cielo. Cuando sus manos estuvieron por encima de su cabeza dejo caer sus brazos ondeando su bordón a la vez que giraba sobre sus talones seguido por un salto grácil que alboroto el agua. La velocidad de sus movimientos hacía flotar su vestido. En ese instante el bosque se deleitaba al ver a aquella doncella danzar sobre la superficie de aquel río caprichoso. Las aguas parecían hipnotizadas, no quería que Winifer se detuviese. El ritmo de sus pasos sincronizaba con las melodías del agua al estrellarse con las rocas, era ver a una hermosa princesa, vestida con los colores del mar, danzar en una gran superficie de cristal. Se deslizaba sin hundirse como el pétalo de una rosa azul. Aquella magia hermosa era muestra de su rápido avance en sus estudios. Sus saltos y angelicales movimientos eran suspendidos desde una columna de agua a otra mientra su báculo se trenzaba entre sus brazos, agitando el agua y creando suaves y delicadas figuras.
- ¡Disculpe! Sabe como puedo tomar la 27 de Febrero – Me solicito aquel señor de gafas oscuras dentro de su vehiculo todo terreno de cristales tintados.
- ¡Claro! – Conteste amablemente… - En la próxima esquina doble a la derecha y la siguiente avenida es la 27 de Febrero.
Subió sus cristales sin decir gracias dejándome reflejado en el como un retrato con una excelente luz. En ese instante dos sujetos salieron disparados como barracudas hacia mí, sin pudor, sin pedir permiso, donde todo lo que estaba bajo el sol ese día, eran testigos. Esa tarde no leí ningún libro interesante en la librería Cuesta, esa tarde me entregue a los brazos de la muerte. ¿Que otra cosa podría esperar de la forma como mis anfitriones me invitaron a subir a su flamante vehiculo tan rojo como el vino tinto?
No tuve la oportunidad de abrigar pánico, todo pasaba muy rápido y en fracciones de segundos sentí mis manos atadas por las muñecas y mis piernas unidas por las rodillas y tobillos, por aquella cinta adhesiva gris que usan en las películas. Nadie hizo nada. Sentado entre las dos barracudas en el asiento trasero, de lo que era ahora mi carruaje, logre ver por el parabrisas a todas las vendedoras de flores pasmadas mirando hacia mí, hasta que toda la luz se extinguía de derecha a izquierda al compás de un material adhesivo que pegaba mis pestañas, mis cejas, mis parpados.
Por lo próximos veinte minutos no escuche nada y fue cuando atisbé un poco de lucidez para preguntar por que me habían capturado, pero en realidad ya había visto muchas películas y leído varios libros de cómo la gente actuaba en ese tipo de situaciones y que le hacían si se resistían. Me sorprendí a mi mismo aceptando que estaba siendo el protagonista de un secuestro. ¿Pero por qué? Quien era yo, para que alguien se detuviera a planear un secuestro por mi. En ese instante me sentí extrañamente alagado.
-¡Gracias! – articule con mis manos juntas al pecho y un cierto aire de incomodidad inundo la capsula. Nadie contesto. Sacudí la cabeza como forma para organizar mis pensamientos y empezar a pensar cosas coherentes para la ocasión.
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- ¡Claro! – Conteste amablemente… - En la próxima esquina doble a la derecha y la siguiente avenida es la 27 de Febrero.
Subió sus cristales sin decir gracias dejándome reflejado en el como un retrato con una excelente luz. En ese instante dos sujetos salieron disparados como barracudas hacia mí, sin pudor, sin pedir permiso, donde todo lo que estaba bajo el sol ese día, eran testigos. Esa tarde no leí ningún libro interesante en la librería Cuesta, esa tarde me entregue a los brazos de la muerte. ¿Que otra cosa podría esperar de la forma como mis anfitriones me invitaron a subir a su flamante vehiculo tan rojo como el vino tinto?
No tuve la oportunidad de abrigar pánico, todo pasaba muy rápido y en fracciones de segundos sentí mis manos atadas por las muñecas y mis piernas unidas por las rodillas y tobillos, por aquella cinta adhesiva gris que usan en las películas. Nadie hizo nada. Sentado entre las dos barracudas en el asiento trasero, de lo que era ahora mi carruaje, logre ver por el parabrisas a todas las vendedoras de flores pasmadas mirando hacia mí, hasta que toda la luz se extinguía de derecha a izquierda al compás de un material adhesivo que pegaba mis pestañas, mis cejas, mis parpados.
Por lo próximos veinte minutos no escuche nada y fue cuando atisbé un poco de lucidez para preguntar por que me habían capturado, pero en realidad ya había visto muchas películas y leído varios libros de cómo la gente actuaba en ese tipo de situaciones y que le hacían si se resistían. Me sorprendí a mi mismo aceptando que estaba siendo el protagonista de un secuestro. ¿Pero por qué? Quien era yo, para que alguien se detuviera a planear un secuestro por mi. En ese instante me sentí extrañamente alagado.
-¡Gracias! – articule con mis manos juntas al pecho y un cierto aire de incomodidad inundo la capsula. Nadie contesto. Sacudí la cabeza como forma para organizar mis pensamientos y empezar a pensar cosas coherentes para la ocasión.
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Atravesando un bloqueo...
Tormenta…
A veces es agradable contemplar la lluvia, sentir como las gotas acarician tu piel al estrellarse desde lo alto, pero cuando esas gotas dejan de ser caricias y se convierten en filosas agujas que intentan herirte, la experiencia deja de ser agradable.
No me gusta correr de la lluvia, porque es solo agua, pero a veces cuando ya deja de ser lluvia y se convierte en tormenta todo cambia. Es prudente correr, porque sientes el resentimiento del cielo, sientes como golpea sin piedad, empapando en segundos tus cosas mas preciadas.
Correr, correr, es la única alternativa; llegar a un lugar caliente, colocar las cosas preciadas en lugares seguros, calidos y entre esas cosas nuestro corazón, nuestro espíritu.
Calma…
Siempre lo mismo, es muy fácil decir: “Después de la tormenta, llega la calma.” Pero nadie dice que es una calma cargada de tristeza y desolación. Caminar en un suelo mojado y con restos de cosas que hace poco fueron importantes, como una fecha, una canción, una frase, un lugar especial, o tan solo una simple fragancia.
A veces es agradable contemplar la lluvia, sentir como las gotas acarician tu piel al estrellarse desde lo alto, pero cuando esas gotas dejan de ser caricias y se convierten en filosas agujas que intentan herirte, la experiencia deja de ser agradable.
No me gusta correr de la lluvia, porque es solo agua, pero a veces cuando ya deja de ser lluvia y se convierte en tormenta todo cambia. Es prudente correr, porque sientes el resentimiento del cielo, sientes como golpea sin piedad, empapando en segundos tus cosas mas preciadas.
Correr, correr, es la única alternativa; llegar a un lugar caliente, colocar las cosas preciadas en lugares seguros, calidos y entre esas cosas nuestro corazón, nuestro espíritu.
Calma…
Siempre lo mismo, es muy fácil decir: “Después de la tormenta, llega la calma.” Pero nadie dice que es una calma cargada de tristeza y desolación. Caminar en un suelo mojado y con restos de cosas que hace poco fueron importantes, como una fecha, una canción, una frase, un lugar especial, o tan solo una simple fragancia.
Colección de Pozuelos. Abrió los ojos esa mañana con la pura convicción de que moriría ese día
11:06
| Author:
Urbano
Amanecer del 22 de julio 2074
Abrió los ojos esa mañana con la pura convicción de que moriría ese día. Decidió romper con todos los ritos que hacia cotidianamente al levantarse. Fue despacio a la cocina y se dispuso a preparar el desayuno. Saco un pequeño sobre de café que había vivió tranquilamente durante años en su despensa. Mientras buscaba la cafetera, aun sin probar su primer café, se topo con el collar de Federico y echó de menos el paseo mañanero que compartían juntos, pero ya hacia varios meses que lo había dejado solo. – ¡Oh! Gran compañero, me dejaste solo en la recta final. – Se dijo en su fuero interno, mientras conectaba la cafetera.
Se dirigió al refrigerador decidido a preparar el desayuno para un rey, hacia mucho tiempo que no se detenía a disfrutar aquellas horas de la mañana en la mesa de su cocina con vista a su amplio jardín trasero. Obtuvo de su refrigerador todo lo que se le antojó. Una joven, con cara de sueño, entro y le interrumpió sus pensamientos.
- ¡Señor! ¿Que hace usted de pie? Yo me encargare del desayuno, vuelva a la cama.- le dijo alarmada, tomando todo los alimentos de sus manos.
- Hoy no estaré en la cama. – respondió con aire tranquilo, mientras contemplaba a la joven apurada tomar los alimentos.
- De acuerdo, puede sentarse, en unos minutos preparare todo esto. – le dijo mientra tiraba a la basura el sobre de café ya sin espíritu.
- Por favor, por este día, no cuides mi colesterol y mucho menos mi azúcar. – le dijo mientras salía de la cocina a pasos lentos y cuidadosos. Ella lo entendió.
Se dirigió a su biblioteca donde estaban todos sus pozuelos. Tomó la escalera de madera adherida a la gigantesca vitrina, de caoba tallada, empotrada en la pared donde descansaban atesorada su gran colección. La escalera se deslizo silente por los rieles hasta llegar al otro extremo. Se dispuso a subir hasta lo más alto para buscar uno de sus primeros pozuelos con el cual quería tomarse aquel café.
Rodó el cristal y tomo uno de ellos, de un blanco de perla que perdió su brillo, tan liso y limpio como una hoja de papel, tan diferente a todos los demás. Se regalo una sonrisa pensando que aquel pozuelo lo había elegido porque no tenía más opción. Y ese día, al contrario del actual, no estaba pretendiendo morir y mucho menos que nadie le arrebatara su vida o su libertad.
Verano del 2001
El lujo de aquel hotel con playas paradisíacas recibió a una gran caterva de jóvenes sedientos de diversión esa tarde. El y su amigo compartían la habitación con dos desconocidas jovencitas. Los cuatros adolescentes se depusieron a dejar sus maletas, ansiosos de disfrutar el delicioso fin de semana. Una de las chicas, la cual no conocían le contaba que venían con todos sus compañeros del colegio, pero preferían estar con ellos, que al parecer eran mas maduro, tal vez cuidando de no dejar notar el otro interés hacia ellos. Juntos disfrutaron el resto de la tarde y al caer la noche se ahogaron en alcohol hasta quedar los cuatros tendidos en las dos camas de la habitación de hotel.
El dolor de cabeza le despertó primero que a todos esa mañana. En algún lugar había escuchado que el café aliviaba la resaca y se dispuso a preparar un poco en la moderna cafetera de la habitación. Cuando el aroma se adueñó de todo el lugar, aun en calma, tomo de la cómoda uno de los horribles pozuelos, blanco perlado, dándole una mirada de desagrado. Vertió el liquido y lo endulzo lo mas que pudo para tratar de disfrazar el desagradable sabor que le hacia sentir en el paladar. Sintió como aquel amargo disfrazado de azúcar se deslizo por su legua mientras entrecerraba sus ojos. Esperaba el resonar de sus intestinos para ir al baño a causa de aquel oscuro enemigo.
El día transcurrió perfecto, las dos chicas hacían lo imposible para divertirlos. Al llegar la noche los cuatro se dirigieron a la disco, ahí estaban todos los compañeros de las chicas las cuales solo querían estar con el y su amigo. A mitad de la noche su amigo prefirió retirarse y el le acompañó, las dos chicas trataron de persuadirlos pero ellos no cedieron. Al volver a la habitación se acostaron exhaustos, el sueno llego casi de inmediato.
El grito de una cama interrumpió sus sueños. Al voltearse noto que su amigo aun dormía pero en la otra cama las dos jovencitas brincaban y gritaban con vasos de cristal con un líquido de color extraño. Una de ellas lanzo su vaso contra la cómoda rompiendo el tope de cristal, mientras que la otra saltaba hacia la otra cama y vertía sin contemplación aquel líquido en la cara de su amigo. El le gritaba que se tranquilizar y no lo hiciera. Su amigo al sentir el frío se giro sobre su cuerpo haciendo que ella cayera en el espacio entre las dos cama y entre gritos y carcajadas volvió a lanzar mas liquido. Su amigo al fin despertó espantado, con un movimiento rápido y brusco su mano izquierda se estrello con gran fuerza sobre la mejilla de la jovencita.
El lo vio todo en cámara lenta. La chica cayó tendida en la cama contigua a los pies de su amiga que aun brincaba. Cuando una gota roja tiño las sabanas blancas de la cama todo quedo en calma. La chica aturdida toco sus labios ahora bañados en sangre.
Sus gritos se adueñaron de los pasillos, mientras corría a toda prisa hacia la disco. El corrió tras ella. Cuando al fin la alcanzo trato de explicarle que era un accidente, pero ella no le escucho. El volvió a la habitación y encontró a la otra jovencita aporreando a su amigo con golpes desorganizados mientras el trataba de cubrirse. La levanto por la cintura apartándola de su amigo y la saco de la habitación, cerrando la puerta con llave.
- ¡Estamos en problemas!
- ¡Fue un accidente!
- Lo se, pero sus amigos en la disco no nos creerán. – le dijo tratando de mantener la calma.
- Iré a la disco y tratare de aclarar el inconveniente. No le abras la puerta a nadie. – le dijo mientras salía al pasillo solitario.
Al parecer la otra jovencita había ido a la disco a convocar a sus compañeros para el gran final de la noche. En el lobby escucho los comentarios de que dos muchachos habían golpeado a dos jovencitas y que ya la policía venia en camino. Sintió un temblor en el estomago mientras trataba de deslizarse con naturalidad y siguió el camino hacia la disco. Avisto un gran tumulto de jóvenes que corría en su dirección. No creyó que lo reconocerían, giro sobre sus talones y camino como si no fueran con el. Al entrar al lobby miro con disimulo sobre su hombro para notar que estaba fuera de la vista de la multitud y de inmediato corrió tan rápido como se lo permitió el piso cristalino del esplendoroso lugar.
- ¡Abre la puerta! – le grito mientras la golpeaba fuerte.
- ¿Que paso? – le respondió su amigo al abrir, con la cara tan blanca como los silentes pozuelos sobre la cómoda rota.
- ¡Tenemos que salir de aquí! – le dijo sofocado mientras buscaba su maleta.
- ¿pero que paso?
En ese instante se escucho en el pasillo un millar de pies pisando fuerte y rápido. Los dos quedaron inmóviles y en silencio tratando de identificar aquel ruido. Los dos se miraron pero no se atrevieron a confirmar que era una estampida y en ese momento su amigo le imito y busco su maleta. La multitud se oía cada vez más fuerte. Los dos empacaron lo que pudieron y le dieron gracias a Dios por estar en un primer nivel. Mientras se dirigían a la pequeña terraza le dedicó una última mirada a la habitación procurando que no se le quedara nada. Su mirada se detuvo en la cómoda, y entre cristales rotos, uno de los insípidos pozuelos le tendió su oreja y el la tomo, lo entro rápidamente en la maleta y corrió de tras de su amigo que ya había brincado la baranda.
Corrieron por los oscuros jardines hasta llegar a la playa. Su amigo estaba en un letargo, algo incomodo para el, obligándolo a tomar las riendas de la situación. Mientras a lo lejos veían al grupo de jóvenes enfurecidos revisar la habitación.
- Tenemos que salir de aquí. – le dijo a su amigo, sentándose encima de su maleta.
- ¿Pero como? Son las tres de la madrugada.
- Pues tendremos que dormir aquí en la playa, e irnos cuando amanezca. A menos que tomemos el riesgo de cruzar al otro lobby.
Bordearon toda la playa hasta el otro extremo del complejo. Su amigo se quedo escondido mientras el ordenaba un taxi. Oía los comentarios del personal de recepción y trato de mantener la calma y actuar natural.
- Dos jóvenes de la parte sur del complejo golpearon a sus novias en la habitación, parece que querían violarlas. – decía un hombre algo afeminado a su compañera.
- Gracias a Dios la policía llego y lo están buscando.
- Suerte que no paso en esta parte del hotel.
- ¡Disculpen! ¿En que tiempo llegara el taxi?
- En unos minutos joven, puede sentarse y tomar algo si gusta. – le respondió el recepcionista con una amabilidad sarcástica.
Un pequeño autobús blanco se aparco en la entrada del lobby al tiempo que el recepcionista extendía con extraña gracia su mano, avisándole que su taxi había llegado. Subió al vehículo sin despedirse y ordeno al chofer ir por la parte en remodelación del hotel.
Después de varias vueltas para encontrar el lugar se adentraron a un parte oscura y atestadas de escombros de construcción y en la oscuridad de las fauces de un edificio estaba la silueta de su amigo sentado en los escalones y abrazando su equipaje. La luz del vehiculo le hizo cerrar los ojos cuando doblo dejando su costado derecho ante sus ojos. En ese instante no sabía que saldría de ese minibus cuando la puerta comenzó a deslizarse.
-¿Piensas quedarte ahí sentado?- le dijo a su amigo, mientras bajaba el cristal del copiloto algo enfadado.
De un brinco su amigo estuvo de pie, entrando rápidamente al minibus. Cuando al fin subió al vehiculo el le dio instrucciones al chofer de salir del hotel y llevarlos a la parada de autobús con destino a la ciudad.
- ¡Buenas noches oficial! ¿Que esta pasando? – pregunto el chofer a unos del ciento de policías que rodaban el área de la disco.
- ¡Imagine! Dos jovencitos intentaron violar a sus novias, uno de ellos llego a golpear a una de las chicas. Ahora los estamos buscando en todo el hotel.
- ¡Chofer! Nos podemos ir por favor…
Ya acomodados en los incómodos asientos de aquellas guaguas viejas, después de haber esperado casi una hora en una estación llena de polvo y personas extrañas, el abrió su maleta y saco aquel pozuelo que había hurtado de aquella habitación de hotel lujosa y fue en ese momento que su cara esbozo una sonrisa de victoria al verse sanos y salvo dirigirse a casa.
Con la misma sonrisa de victoria descendió con cuidado las escaleras diciéndose en su fuero interno que no moriría rompiéndose el cuello en una caída. Al pisar el suelo frío de su biblioteca con sus medias con estampados divertidos se dirigió a la habitación contigua y noto que el desayuno estaba impecablemente servido en el comedor principal.
- ¡Señor, que disfrute su desayuno! – le dijo la bella jovencita ahora mas despierta, mientras entraba al gran comedor con un florero atestado de flores frescas y el ultimo libro que el señor había tomado en lectura.
- ¡Gracias!- le dijo mientras le extendía el pozuelo para que lo incluyera en el servicio y tomando una tostada antes de sentarse.
Esperó sentado en la mesa, tragar el último bocado de su desayuno, saboreo el último desagradable sorbo de café en su pozuelo viejo y se levantó en silencio. El resto del día se dedico a mimarse como nunca lo había hecho.
Sentado solo en su jardín, con su libro favorita en las manos esperaba la muerte que se asomaba como el crepúsculo de aquella tarde sin brisas frescas. Estaba demasiado viejo para pelear, no quería reñirle a lo que en esa tarde de julio le tomaría con cariño la vida. Al verla de frente confirmo que aun no le temía y espero dolor.
Sintió como poco a poca su vida se desprendía de su cuerpo, su respiración era cada ves mas lenta, mientras solo miraba las paginas, para el ahora en blanco, de aquel libro abierto entre sus piernas. Con el ultimo aliento y algunos vestigios de fuerza, cerro la obra y respiro al ritmo de la muerte.
No sintió dolor y cuando su alma se despidió de su cuerpo dejo caer como un último reflejo el libro que sostenía. Cayó sin pena al suelo dejando al descubierto su nombre frente al cuerpo inerte de su dueño: Colección de Pozuelos.
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-Sabes… Hay veces que pienso que estaré sola y nadie se interesara por mí. – le comento con su mirada perdida en aquel camino franqueado por altos pinos y brisa fresca.
Aquellos pinos imperiales se estiraban al cielo tan altos que no podían ver sus copas. A su lado, pensativo, caminaba alguien que simplemente fue encomendado a sus cuidados.
-No diga eso señorita, tiene tan solo dieciocho años, aun le falta mucho por recorrer. – le dijo mientras sentía el deseo de tomarle la mano.
-Eso no lo puedo entender, creo que soy la única chica que a sus dieciocho años no la han besado. – le dijo bajando su mirada.
-Créame señorita, que existen personas con mas edad y no han sido besadas.
-Si! Pero no quiero esperar más, siento como mi vida se me escapa como arena en mis dedos.
-Estoy seguro que cuando se recupere podrá tener al chico que desee.
El era un joven medico muy apuesto, alto, de ojos claros y pelo alborotado y con poco tiempo para dedicarlo al amor. Empezaba a inquietarse por aquella conversación.
-Me gustaría proponerte algo doctor. – dijo la jovencita deteniendo sus paso. El no quería escuchar aquella proposición, porque no sabía como decirle no a una jovencita que parecía una princesa vestida de blanco. No respondió
En verdad no quería herirla, sabía que debía respetar su ética como profesional, además no quería que el estado de aquella princesa empeorara a causa de una depresión.
-Doctor… ¿le gustaría darme mi primer beso?
El blanco de su uniforme acentuó más su cara al sonrojarse y se quedo mirándola por unos segundos. En medio de aquel sendero estaban dos extraños jugando con un de las experiencias mas bonita de la adolescencia. La brisa de aquel agosto acariciaba con cariño el pelo de aquella princesa que pedía agritos un beso.
El se acerco con suavidad, tan cerca que ella sentía su calor, su olor, sus latidos. Inclino su rostro al de ella. Al Sentir su aliento calido la princesa se preocupo de que notara sus nervios y su pulso acelerado.
-En verdad te aseguro que querrás sentir que en un momento como este tu corazón lata más rápido que ahora, que el pelo de todo tu cuerpo se erice y que ese beso lo sientas en todo tu ser.
El doctor se incorporó lentamente mientras ella abría sus ojos y mirándola con ternura le dijo.
-No le hagas trampa a tu primer beso.
La paciente le brindo una sonrisa casi infantil de agradecimiento y retorno nuevamente el paseo en silencio.
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Aquellos pinos imperiales se estiraban al cielo tan altos que no podían ver sus copas. A su lado, pensativo, caminaba alguien que simplemente fue encomendado a sus cuidados.
-No diga eso señorita, tiene tan solo dieciocho años, aun le falta mucho por recorrer. – le dijo mientras sentía el deseo de tomarle la mano.
-Eso no lo puedo entender, creo que soy la única chica que a sus dieciocho años no la han besado. – le dijo bajando su mirada.
-Créame señorita, que existen personas con mas edad y no han sido besadas.
-Si! Pero no quiero esperar más, siento como mi vida se me escapa como arena en mis dedos.
-Estoy seguro que cuando se recupere podrá tener al chico que desee.
El era un joven medico muy apuesto, alto, de ojos claros y pelo alborotado y con poco tiempo para dedicarlo al amor. Empezaba a inquietarse por aquella conversación.
-Me gustaría proponerte algo doctor. – dijo la jovencita deteniendo sus paso. El no quería escuchar aquella proposición, porque no sabía como decirle no a una jovencita que parecía una princesa vestida de blanco. No respondió
En verdad no quería herirla, sabía que debía respetar su ética como profesional, además no quería que el estado de aquella princesa empeorara a causa de una depresión.
-Doctor… ¿le gustaría darme mi primer beso?
El blanco de su uniforme acentuó más su cara al sonrojarse y se quedo mirándola por unos segundos. En medio de aquel sendero estaban dos extraños jugando con un de las experiencias mas bonita de la adolescencia. La brisa de aquel agosto acariciaba con cariño el pelo de aquella princesa que pedía agritos un beso.
El se acerco con suavidad, tan cerca que ella sentía su calor, su olor, sus latidos. Inclino su rostro al de ella. Al Sentir su aliento calido la princesa se preocupo de que notara sus nervios y su pulso acelerado.
-En verdad te aseguro que querrás sentir que en un momento como este tu corazón lata más rápido que ahora, que el pelo de todo tu cuerpo se erice y que ese beso lo sientas en todo tu ser.
El doctor se incorporó lentamente mientras ella abría sus ojos y mirándola con ternura le dijo.
-No le hagas trampa a tu primer beso.
La paciente le brindo una sonrisa casi infantil de agradecimiento y retorno nuevamente el paseo en silencio.
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Le despertó el sol de unos de los pocos días que podía dormir hasta tarde. Un poco asustado abrió los ojos, por la incomoda sensación de tener que levantarse para ir a trabajar. Luego de un respiro de alivio, giro sin soltar la almohada y fijo su vista en un grupo de objetos de diferentes colores. Una sonrisa se dibujo en sus labios y sus pensamientos se llenaron de añoranzas.
Su mesita de noche estaba atestada de pozuelos. Su madre siempre le reclama por la vajilla que desentona con la decoración de su habitación, ella dice que ese reguero de pozuelos no combinan con las cortinas, pero a el no le importaba.
Ha decidido quedarse tendido en la cama toda la mañana, solo pensar, vagar entre recuerdos ahora confusos. Posa la vista en su manojo de pozuelos y toma con cuidado uno pequeño, de aire infantil, que lo traslado muchos años atrás.
Madrugada del 6 de enero 1993
Ese día su madre se alegra de que la navidad ya había pasado, hizo malabares para cumplir religiosamente con los ritos de aquel triste diciembre. La señora cada día luchaba por vender en un negocio a la deriva, donde las pocas y míseras ventas del día cubrían el almuerzo de su familia al siguiente y con la preocupación de que los anaqueles casi están vacíos.
Su padre, gran personaje, que se conformaba con su trabajo que le permitía pagar las cuotas mensuales de una deuda que no tenía fin y quedarse con unos cuantos centavos para tomarse siempre una cerveza camino a casa.
- Mi viejo, ¿que vamos hacer? – le dice a su esposo, con los ojos llenos de angustia.
- ¡Yo no se! ¡Cuando no hay, no hay! – Le grita enfadado, sin buscarle solución al tormento de su esposa.
- ¡Es así que lo resuelves todo!
- ¡Cállate coño! Déjame dormir, que son las tres de la madrugada. – vuelve a gritar enfadado sin temor a que sus hijos escucharan tras la delgada pared de madera que dividía las únicas dos habitaciones improvisadas detrás del negocio de la madre.
Con la vista fija en el trecho de almacén, escucha un ruido entre las vitrinas del negocio a su cabecera. Se levanta con cuidado para no espantar a su esposo que ahora atravesaba una de sus pesadillas cotidianas llamando a su madre por su nombre.
Entra a la oscuridad triste de la tienda, enciende las luces rápidamente. Se espanta en silencio al ver a una rata escabullirse detrás de una de las vitrinas. El celaje del ratón hizo que fijara su vista en lo que aun contenía ese aparador. La creatividad que le dio de comer muchas veces a sus hijos y servir adecuadamente la comida de su esposo, afloro como un regalo de unos reyes que atravesaron un gran desierto guiados por una estrella para visitar a un pequeño niño. Una sonrisa de alivio la sorprendió, amarrándose rápidamente su bata azul rey de terciopelo con el lazo de su cintura. Tomo papel, tijeras y cintas de colores.
Envolvió todos los objetos que pudo ver como regalos en las manos de sus hijos, haciendo estupendos lazos y sublimes rizos. Coloco cada cajita a los pies de cada cama y fue a su habitación a esperar que pasaran los pocos minutos que faltaban para que el sol asomara.
La risa y los gritos de alegría despertaron a su esposo. Se vistió con pantalones cortos, tenis y gorra para el sol.
- Me voy a caminar- le dijo sin mirarle a la cara.
- Pero es día de reyes y los niños ya despertaron. – le dijo con la esperanza que se quedara a compartir en familia.
El no respondió y salio de la habitación. Ella se lanzo de la cama para ir con sus hijos y abrí los regalos. Al entrar en el dormitorio contiguo, donde había tres niños saltando de alegría con cajitas preciosas perfectamente envueltas como regalos. Ella se sentó en una de las tres camas y los niños le imitaron. Todos al mismo tiempo rasgaron las cajitas descubriendo sus regalos. La mayor recibió un juego de bolígrafos elegantes y una carpeta con su libreta rallada amarilla. La mas pequeña, descubrió en su cajita un juego de lápices de colores con una libreta con las paginas en blanco, un paquete te papel de construcción de colores y unas tijeras.
El varoncito, al ver los regalos que sus hermanas ya estaban usando tomo con las dos manos su cajita y se quedo unos segundos contemplando el bello lazo que la decoraba. Maldijo a Melchor, Baltazar y Gaspar por el terrible crimen que habían cometido, se preocupo por lo que tendría que enfrentarse su madre cuando las vitrinas quedaran totalmente vacías. Ella le miro y le animo abrir su regalo. Al abrir su hermosa cajita con cuidado para no estropear la envoltura, un pequeño pozuelo dejo mostrar sus hermosos y fantasiosos dibujos. Coloridas casitas de dulces, decoradas con paletas, caramelos, galletas, mentas, chicles, chocolates se extendían cilíndricamente interrumpidos por una oreja por donde el hermoso pozuelo escuchaba su asombro al sacarlo de la caja.
Fue su primer pozuelo de muchos que coleccionaría, donde cada uno tendrían una historia que contar, algunas tristes, otras emocionantes y tal vez varias alegres. El varoncito ahora se preocupa de tener un posuelo por cada situación importante en su vida.

